19 de marzo de 2012

Los Heraldos Negros



Hay golpes en la vida, tan fuertes. ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma. ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son. Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Estos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre. Pobre. ¡Pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes. ¡Yo no sé! 



c.vallejo, los heraldos negros

17 de marzo de 2012

tuve miedo de no encontrarte jamás

es que ¡ay!
decíme qué hacer
y qué decir-te
que yo no sé, no sé
qué podría hacer para
encantar o quizás
desencantar-me
¿cuánto ya
es como la verdad?
idéntica: de pelos largos
y ojos así: que miran
para cegar;
¿viste?
hay cemento en la esquina
y tu nombre y el mío.

4 de marzo de 2012

qué cosa maravillosa


esta de cumplir años-

28 de febrero de 2012

libro Libro LIbro LIBro LIBRo LIBRO



con mucho amor, sudor y alegría saqué este bello libro. para pedidos: danielatrabuchi@gmail.com
hago envíos a todo el mundo entero

19 de febrero de 2012

silencio en la sala

no te quiero escuchar ruido de la calle,
ni mujer estúpida vestida de blanco, ni madre
para siempre parturienta,
ni silencio de la noche caliente donde no silva el viento,
ni zumbido del trago de mas,
ni incesante tarareo inútil y halagador,
ni nube que pasa cantando
cuando veo lo que quiero,
silencio ya gatos de los tejados
vecinas intrusas y
bigote del que rìe
y silencio
lento roer de mi sonrisa
que de tan duro hace
crac.

the police

Un mantel rojo y pesado cubrìa la mesa redonda del restaurante del Hotel Imperio, en Concordia. El resto de las mesas exhibìanse desnudas en la oscuridad; la ùnica luz prendida era la que pintaba de amarillo este rincòn donde ahora brindaban Rupert, Magda, Leo, El Gordo y Constance, la yanqui que acababa de llegar de Afganistan, donde habìa empezado a filmar un misterioso documental sobre el que nadie tenìa mucha informaciòn. No parecìa quitarles el sueño.


Rupert narraba en voz alta, masculina y ràpida, llena de sonidos inarticulados, el desarrollo de su ùltima carrera, la que, al ganarla, lo habìa hecho merecedor de su medalla de tricampeon mundial en carreras automovilisticas de larga distancia. Los demàs callaban y escuchaban con atenciòn, salvo por Constance que, ofendida, habìa preferido concentrarse en su cigarrillo. Magda había logrado viajar en el auto con Rupert cuando debìa ser ella, a todas luces, quien ocupara ese lugar. Magda estaba casada con Leo y tendrìa que haber viajado con èl y con El Gordo en el otro auto.Constance detestaba, de entre todos los seres del planeta, al Gordo: a simple vista era inentendible, no tenìan relaciòn y èl era una persona tranquila y casi insignificante. Era inentendible que despertara un sentimiento tan pasional en Constance.

La narraciòn de la carrera llegò a su fin acompañada por una carcajada general y un breve clima de satisfacción.

-Rup, si hay algo que nos ha hecho llegar primeros al hotel es tu muñeca, dijo Magda, acariciando a los ojos de todos el antebrazo de Rupert. Leo no se dio por aludido.

-Magda, si hay algo que nos ha hecho llegar antes es el hecho de que ese auto no fuera mìo, contestò èl con aire de tricampeòn.

18 de febrero de 2012

a mí

-Marcos, despertate y escuchame una cosa. Marcos. Marcos. Eu ¿estás despierto? Eu, Marcos
- No vengas más a dormir a casa en pedo, boludo
- Soy mujer ¿podés dejar de decirme boludo?
Marcos
¡Marcos! Levantate, me embolo ¿para qué me hiciste venir?

Marcos cerró los ojos y no contestó más. Empezó a respirar hondo, pesado; intentaba pensar en algo, cualquier otra cosa: las notas de una canción, los platos sucios, cuándo había sido la última vez que había tomado mojito. Yo agarré mis cosas y me fui.  Estaba rota las pelotas de Marcos pero a la vez aun lo quería con locura.
Salí a la calle. Era inesperadamente temprano, la luz aun alumbraba con pinceladas de azul. Siempre temí a esta hora grisácea y siniestra, temor que se manifiesta bajo la forma de un dolor de panza y un cierto mareo y molestia justo detrás de la campanilla, como vómito emocional.
Caminé, de todas maneras, bajo esta luz a paso rápido y sin tomarme la molestia de mirarme en los vidrios de los negocios. Ya sabía que nada bueno me esperaba.

Fui a casa y me bañé. Intenté no pensar más en el asunto: comí unas tostadas con queso y me metí en la cama. Antes encendí la radio: desde que había empezado a terminar la historia con Marcos, no podía dormir sin que algún sonido llenara la habitación simulando compañía.
Me recordaba a la niñez y aquellos fines de semana de visitas. Siempre me quedaba dormida en algún sillón, cerca de mis padres y mis tíos que charlaban cosas de grandes,  tomaban mates y fumaban cigarrillos. Recuerdo el olor y la tranquilidad de quedarme dormida rodeada, sabiendo que mi padre luego mi llevaría en brazos hasta el auto y, más tarde, hasta mi cama, donde encontraría el sueño más profundo.

12 de febrero de 2012



india dice:
 che, fuí al dia, compré tres mierdas y gasté 30 peso
Cecilia dice:
 es terrible
 es peor que la facultad
 que el corso
 LO CARO
india dice:
 es triste
 te sentís un miserable
Cecilia dice:
 si, sobre todo porque uno se descubre a sí mismo todo el tiempo pendiente de la plata, que es terrible
india dice:
 mallll
Cecilia dice:
 encima de que hay que preocuparse por tener plata, después hay que estar todo el día puteando
 malditos
 malditos sean todos
 aaaahhhh la humanidad
india dice:
 anda re mal el grooveshark
ENCIMA
LO QUE HAY QUE TOLERAR
TODO ANDA MAL
LOS PIBES TE CHAMUYAN MAL
TODO ESTÁ CARISIMO
NO PODES ESCUCHAR MÚSICA
NI VER UNA PELI
Cecilia dice:
 SANTA TERESITA ES MÁS CARO QUE RIO DE JANEIRO
 EL CINE SALE 30 PESOS
 LA CANA TE LLEVA LA BICI
india dice:
 VIENE LA MURGA A TOCAR ABAJO DE TU CASA
 HACE UN CALOR DE CAGARSE, CHIVANDO TODO EL DIA
Cecilia dice:
 dani, ahora soy anarquista
india dice:
 bueno, contame lo del anarquismo
Cecilia dice:
 EL ANARQUISMO ES EL IDEAL ÚLTIMO MÁS ABSTRACTO DE PERFECCIÓN
india dice:
 volvieron las mayúsculas

9 de febrero de 2012


y en la mía!

fue lo mejor del amor

Esto pasó hace tiempo y yo estaba enamorada de Nicolás.
Sucedía que Nicolás era un mocoso de mierda y, si bien me quería, se dedicaba casi exclusivamente a jugar con mi paciencia. Nos habíamos separado, ya no recuerdo por qué. Sería esta o aquella mujer, o tal viaje o cualquier amigo. Algo había sucedido.
Yo extrañaba, sobre todo, aquellas noches en que me quedaba a dormir en su casa a escondidas. Yo inventaba alguna buena mentira para mi madre, casi siempre vinculada con una amiga que estaba previamente avisada para cubrirme y me iba para su casa, con mi mochila del colegio, mis libros, mis útiles, mi pollera cuadrille y mi camisa blanca. Su mamá no llegaba de trabajar hasta las siete y teníamos la casa para nosotros. Tomábamos la merienda ¿qué tomaba yo?  Todavía ni había probado el mate y no me gustaba la leche. Tomaba un vaso de agua y comíamos galletitas, casi siempre de chocolate. Yo me sacaba los zapatos y las medias que el colegio obligaba a llevar altas hasta la rodilla. Me desabrochaba la camisa y nos íbamos para la pieza, sin limpiar la mesa ni apagar la tele, total no era nuestra casa. El piso era de madera y arrastrábamos los pies, pasando el living con la ventana abierta de par en par para ventilar, pasábamos el portarretratos con una foto gigante de nosotros dos en mi fiesta de 15 y que era la preferida de su madre y atravesabamos la puerta de su cuarto que nos recibía exhibiendo los colores brillantes de un poster de Palermo con la remera de Boca.
Se escuchaba el ruido de los autos que pasaban por la calle, estábamos cerca de la avenida. También estábamos cerca de mi colegio y me emocionaba la posibilidad de que alguno de esos autos fuera el de mi padre o, mejor, el de los padres de algún compañero de colegio que lo había ido a buscar a la salida y lo llevaba a su casa mientras yo, acá, en este limbo de sábanas de autitos y posters de boca, con las mochilas arrinconadas en una esquina, el ventilador girando lento en el techo y bien pegado a mí, en la cama de media plaza, el cuerpo de Nicolás.
Y entonces todo el resto, el juego infinito que todavía no me había animado a concluir y a las seis y media vestirnos, sentarnos frente a la tele del living, comer galletitas de chocolate de nuevo y esperar a que llegue la madre.
Después la cena, hablar de los planes para el fin de semana, del partido, de los amigos del club, mucho repetir: por favor, gracias. En una de esas sonaría el teléfono y él atendería, la madre le haría un gesto porque estamos en la mesa y el desaparecería por el pasillo con el teléfono, dejándonos a nosotras solas en la cocina y el bendito ruido de la tele de fondo a nuestro silencio. Ella me preguntaría por las materias, por las notas y se quejaría de que Nicolás se lleva muchas a diciembre, sugeriría que él debería aprender de su novia, así decía: su novia, que era yo, que estaba ahí.
Antes de ir a dormir, pasaba por el baño. Me cepillaba los dientes con el cepillo de Nicolás, mientras observaba atenta los quince envases de distintos tamaños con etiquetas rosas que eran las cremas de su mamá. Entraba a la pieza y cerrábamos la puerta. Me cambiaba la pollera por un short de boca y buscaba abrazarme a él, que había puesto el compact de Rodrigo en el equipo de música y se metía en la cama.

8 de febrero de 2012

viva la palabra!

te voy a contar lo que sucediò la noche del 5 de diciembre de 1986.
1986 fue un año sin grandes acontecimientos. no hay registradas pèrdidas de gas,
ni muertes en choques de autos.
no hubo accidentes aereos y ninguna guerra conocida.
ningùn manual de la escuela habla de 1986. los editores màs modernos han decidido

ni siquiera nombrarlo.

yo salì de mi casa la noche del 5 de diciembre de 1986
-aquel año sin recuerdos-
y caminè hasta la parada de un colectivo que no habìa tomado antes:
¿para aquì el XXX?
-CURIOSO QUE LO PREGUNTES,
me gritó el viejo que esperaba en la parada.
y es que él esperaba el mismo.
y asì nos quedamos, un buen rato: los dos esperando lo mismo.
¿llegarìa para alguno primero?
 o quizàs los tiempos no eran distintos.
vino el XXX y los dos subimos. un impulso de camaderìa hizo que nos sentaramos juntos en el quinto asiento. el mìo conservaba el calor del ùltimo pasajero.
-dejame que te cuente la historia del 5 de diciembre de 1947, dijo el viejo,
1947 fue un año sin grandes acontecimientos. no se registran suicidios
ni cortes de ruta ¿notaste que los manuales ni lo nombran?

7 de febrero de 2012

Pensar en Laura

Me preocupaba Laura, aunque no exactamente Laura. Me preocupaba tener que fingir que me preocupaba Laura; aquello que debía nacer naturalmente en uno, en mí brotaba con la forma de su opuesto y con el doble de fuerza: Laura me importaba tres pitos. El teatro era agotador: tener que llevar las cosas a un extremo sabiendo que nunca haría nada por ella: hacerme el interesante durante semanas respecto a su regalo de cumpleaños, haciéndole creer que había preparado algo especial, a sabiendas de que ni siquiera iría a su festejo bajo la excusa de que me había quedado sin nafta en el auto o algo así. Me quedaría durmiendo o viendo una película. Prometerle que la llevaría de vacaciones a lugares que yo ya conocía y no pensaba volver a pisar, entusiasmarme con sus dibujos e instalaciones, sus ínfulas de artista cuando todo lo que me mostraba me generaba una indiferencia mordaz seguida de un asco similar al vomito que terminaba en vergüenza ajena y muchas ganas de reír, como si me cosquillearan las costillas.
Lo único que podía hacer para salirme de la farsa era extraerme físicamente de la situación. Pero no de verdad;  pensaba que la llamaría y le diría:
-Laura, he decidido irme a China
O quizás mejor:
-Laura, debo irme a China
Y me quedaría en casa, viendo la tele tranquilo, sin pensar en Laura.
Ya no quería pensar en Laura, hacía como tres años que no la veía, había logrado manifestarme como el peor y más desinteresado amigo: era hora de que ella me dejara ir. Yo sabía que ella sabía lo que yo estaba intentando hacer y no me dejaba espacio para maniobrar. Jamás se enojó conmigo, ni siquiera frente a mis más feroces muestras de desprecio, nunca me pidió favores, ni siquiera un reclamo. Si hubiese decidido dejarla, me hubiese convertido en  un descorazonado; su amistad no me costaba absolutamente nada.
La última vez que la había visto habíamos ido a tomar un café porque ella me había llamado llorando y yo, en un lapsus de debilidad, no supe qué excusa inventar. Fue horrible: la escuché durante horas llorar a causa de un terrible mal que aquejaba su alma pero era inentendible para cualquier otro mortal y luego sobre una nueva idea que estaba teniendo:
-Hace días que estoy pensando en escribir un cuento en el que me llueva la cabeza, me decía, me bajen las gotas como arañas por el cuerpo, con esas tantas patas malas y tramantes con sus cabezas feas como una bola negra. Las gotas caerán lento, como los días, como los años y las pieles del cuerpo. Tan imperceptible, ¿entendés? que no me alcanzarán ni a tocar; como las cosas lentas, esas que casi no tocan, las cosas que caen en silencio, así caen.
Un día pisaré a una ¡te lo juro! pisaré la punta de la pata ni bien toque el piso, luego la otra pata y la otra y la otra. No voy a mentirte, a la tercera pata ya sabré yo que la estoy pisando y seguiré con la cuarta y la quinta y a la sexta la dejaré un poco para que sienta ese placer de estar aunque ya no va a estar más.

-¿Estás drogada?
-No ¿por?
La lleve hasta la guardia, algo no andaba bien. Laura parecía contenta de que yo me preocupara y fingía más fuerte sus síntomas de desvarío en la charla durante el camino:
- Yo caí tarde, como una boluda. El francés es maravilloso; para cuando yo me avivé, todas mis amigas ya hablaban francés, algunas hasta habían ido a Francia, una iba a clases de canto a aprender canciones de Edith Piaf y una había llegado a ser extra en Amelíe.
Nos atendió un médico y en menos de un minuto, ella y él se fueron a hacer exámenes. Yo me vi libre de caer bajo juicio ajeno y, por ende, de responsabilidad. Eché una mirada a mi alrededor, pegué media vuelta y encaré para la gran puerta de salida.
A pocos pasos del hospital encontré un barcito donde tomar algo y refrescar las ideas. Me senté en una mesa junto a la ventana y me puse a jugar con el resorte del servilletero. Cuando me quise dar cuenta, estaba pensando en aquello de lo que hablaba Laura, el francés y sus amigas ¿Cómo sería todo esto si estuviera sucediendo en París? Incorporé todos los clichés: una café vidriado repleto de mesas de hierro forjado, azul por todos lados, muchas morochas con pollera y pelo al hombro, alguien ejecutando un acordeón y quizás la Torre Eiffel al fondo. También sería la tarde, pero vos, Laura, serías hermosa y me hablarías en un tremendo francés que me haría temblar las piernas y erizar la punta de los dedos.
Pagué el whisky con monedas y dejé al lado del vaso el blíster de clonazepam para que el mozo se armara alguna historia en su cabeza y la comentara con todos sus compañeros de trabajo. En la calle seguí revisando aquella idea de París, de las tardes paseando por el Sena, las luces de los faroles por la noche,
París no me gusta, Laura.
Laura, tu acento porteño, tus raíces echadas. Tu cotidianeidad y lo que sé sobre vos. Laura, ¿cómo pude alejarme así de lo mío? Laura, argentina Laura, como si viajáramos  por la vida sueltos como un barrilete. Laura tan anclada en mí que creces cuando te riego, ay el placer de cuidar de algo más que de uno mismo. Laura, conmovedora y distante Laura, tanta francesa fría y estéril y vos tan redonda y chispeante.
Ahora, desde aquí, no pienso tanto en Laura. Cada tanto me veo obligado a escribirle; sólo entonces me quedo atento, abriendo el buzón a diario, esperando sus novedades, teniendo que hacerme el preocupado por ella. Cuando llegan sus cartas repito un tonto ritual: me preparo un café, me encierro en la habitación con las ventanas abiertas, elijo algún disco donde suene un lindo piano y me siento a leer sobre la cama. Las letras redondas de Laura, las eles altas y las is con el punto perdido por la hoja. Las letras redondas de Laura, y lo que dice Laura, y la firma de Laura
No me gusta París, Laura.



6 de febrero de 2012



Olive: Grandpa, am I pretty? 
Grandpa: You are the most beautiful girl in the world. 
Olive: You're just saying that. 
Grandpa: No! I'm madly in love with you and it's not because of your brains or your personality. 

5 de febrero de 2012

Cecilia Gitelman por Dani Trabuchi



En esta ocasión, Editorial Flora y Fauno presenta los “Cuadernos de Gitelman”, basados en los recuerdos plasmados por la argentina Cecilia Gitelman en un cuaderno regalado por su abuelo en su cumpleaños número 9. El cuaderno fue recientemente descubierto por su hijo, el diputado porteño Jerónimo Buarque de Holanda, en el altillo de su casa y consta de pequeñas entradas reflexivas de la autora desde sus 9 años hasta sus 35.
Se cree que Cecilia Gitelman nació en el barrio de Flores de la Plataforma 5, antes conocida como Ciudad de Buenos Aires. Hija de un matrimonio de musulmanes ortodoxos dedicados a la música religiosa, Cecilia aprendió a tocar de manera magistral la pandereta y la flauta traversa clásica.
Terminados sus estudios de Bachillerato ingresó en la Universidad de Buenos Aires, donde se dedicó durante 26 años a estudiar Filosofía y Letras. Allí se inició en la selecta secta de intelectuales activos conocida como “Charles Bardié”. Sus nuevos compañeros incentivaron su creatividad y la incitaron al trabajo; fue allí donde se enamoró por primera vez, generando como consecuencia la famosa formulación gitelmaniana del “crear a partir del desgarro”, según la cual el autor debe escribir siempre desde el límite de todos los sentidos y de la paciencia. Cuentan apócrifas anécdotas que la joven Cecilia escribía sólo cuando le rompían el corazón. Durante estos años, conocidos como su “Epoca Bardié”, compartió alojamiento con la reconocida tenista Daniela Trabuchi, cinco veces campeona del Mundial de Tenis. Su casa, conocida entre los sectarios como “Cariberá”, fue un antro de encuentro de escritores fracasados, viajeros alcohólicos y jóvenes enviciados.
Su figura se dio a conocer cuando abandonó la Plataforma 5 y se reinstaló en Brasil para acompañar a su marido el flamante ministro de cultura brasileña, Chico Buarque de Holanda, durante su gestión. Fue entonces que el olor salado del mar, los miles de marrones de la arena y los bichitos ocultos en el agua, el sonido impredecible del portugués y la deliciosa Skoll helada despertaron la sensibilidad extrema de Cecilia. Durante su “Epoca Carioca”, compuso los libros de poesía: “Los descalzos” (2025), “Lúcifer, ese gato de mierda” (2027) y “Oda a la birra” (2028), que la hizo merecedora del Premio Nobel de la literatura ese mismo año. También compuso sambas, cuentos y tangos que desgraciadamente desaparecieron con el gran incendio de 2040.
Durante una entrevista realizada en de año 2050, meses antes de su muerte, Gitelman confirmó que había sufrido toda la vida de una destructiva adicción al alcohol y que aún entonces atendía a las reuniones de aa. “Me da risa la gente que se cree que la tiene atada. Lo único que tenemos atado es la muerte” fueron sus últimas palabras públicas.
Murió un Sábado, que era su día preferido.
Barcelona, 2073

4 de febrero de 2012

i'm simply suggesting we go to the hidden place



te conocí -¿te acordás?- hablando de esta música.

3 de febrero de 2012

posibilidades


Wislawa Szymborska

Prefiero el cine.
Prefiero los gatos.
Prefiero los robles a orillas del Warta.
Prefiero Dickens a Dostoievski.
Prefiero que me guste la gente
a amar a la humanidad.
Prefiero tener a la mano hilo y aguja.
Prefiero no afirmar
que la razón es la culpable de todo.
Prefiero las excepciones.
Prefiero salir antes.
Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.
Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.
Prefiero lo ridículo de escribir poemas
a lo ridículo de no escribirlos.
Prefiero en el amor los aniversarios no exactos
que se celebran todos los días.
Prefiero a los moralistas
que no me prometen nada.
Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula.
Prefiero la tierra vestida de civil.
Prefiero los países conquistados a los conquistadores.
Prefiero tener reservas.
Prefiero el infierno del caos al infierno del orden.
Prefiero los cuentos de Grimm a las primeras planas del periódico.
Prefiero las hojas sin flores a la flor sin hojas.
Prefiero los perros con la cola sin cortar.
Prefiero los ojos claros porque los tengo oscuros.
Prefiero los cajones.
Prefiero muchas cosas que aquí no he mencionado
a muchas otras tampoco mencionadas.
Prefiero el cero solo
al que hace cola en una cifra.
Prefiero el tiempo insectil al estelar.
Prefiero tocar madera.
Prefiero no preguntar cuánto me queda y cuándo.
Prefiero tomar en cuenta incluso la posibilidad
de que el ser tiene su razón.
Levantalo a Pedro, Delfina, que ya es tarde.
Los Maceo salieron por la puerta delantera, corrieron hacia el auto intentando escapar del agua.  Pedro se quedó atrás cerrando la puerta con dos vueltas de llave.
Afuera comenzó a caer una lluvia suave. Ella vio toda la escena por la ventana.
En el mueble de la cocina hay tres manzanas, dos naranjas, cinco bananas. Quiere hacer un jugo pero no puede decidirse por cuál; no puede pensar. Algo se ha desequilibrado y las ideas ya no viajan, simples, de a a b. Probablemente fueran los colores y las formas y la mañana de lluvia intermitente y suave, ¿quién no se identifica con el deseo de descomposición cuando una mañana cualquiera se logra sentir con claridad la fragilidad (...)?
Así, dio tres pasos en dirección hacia la cocina y se sintió cansada. Recordó una historia en la que había parido a un hijo varón fruto de una relación sexual cualquiera con un tipo que olía a brócoli y que, tras acabar, se había quedado dormido encima de ella, pegándosele a la piel y haciéndola traspirar y respirar con dificultad.  Aquella mañana fingió que su familia vendría de visita para poder despertarlo y echarlo de su casa.
El niño dormía ahora en alguna habitación de la casa; había adquirido, sin embargo, carácter omnipresente. La casa era suya, de sus juguetes, de sus estados anímicos, sus ganas de gritar, de golpear y de pintar.
Ella deshizo el recuerdo.
Algo había soñado. Eran muchos sueños adentro de uno. Suelen confundírsele los tiempos y puede recordar hoy algo que soñó hace años y pensar que sucedió anoche. Esto lo había soñado el 19 de octubre del año pasado. Y eran, eso sí, muchos sueños dentro de uno.

1 de febrero de 2012

31 de enero de 2012

el pez

Había empezado el juego porque había encontrado un parecido muy grande entre Patricia y una actriz de la tele. Entonces empezaron a buscar parecidos por todos lados, a comprar revistas de chimentos y desempolvar viejos álbumes de fotos para comparar fisonomías, colores de pelo, tipos de mandíbulas.
No encontraron muchos parecidos: dos o tres más o menos acertados y el resto fue en picada, las similitudes cada vez más remotas y subjetivas.
Se había establecido de alguna manera que todo el tiempo debía estarse jugando a algo, lo que fuera. Los juegos nacían, uno detrás de otro, se desarrollaban hasta su punto de máxima tensión y luego morían, dando lugar a una nueva idea, que, casi siempre, surgía como una ola, consecuencia de la anterior.
Fue justo después del juego de las similitudes con los famosos que nació el de la similitud con bichos y animales. La evolución del juego proponía más variedad de comparantes y, por ende, más posibilidades de parecido. Encontraron un elefante, un mosquito, una libélula, un pelícano y, lamentablemente, un pez.
Joaquín era el pez, fijate vos ¡qué mala suerte!
Esa semana yo me la había pasado teniendo sueños sobre asesinatos: siempre era yo la asesina. La culpa me hacía dormir mal. Una de las últimas noches  antes del drama del pez, soñé con un avión, otro país y un hombre muerto en mis manos. No recuerdo el cuento, pero siento como el día uno la culpa crepitando bajo mi piel. 

Y así empieza todo, uno comienza a destejer con fineza todo lo tejido, la estrecha fibra de lazos y entrelazos.

Dije: destejer con fineza, como si se tratara de finos hilos de oro;
de descubrirlos, milímetro a milímetro.
Yo no dormía y el pobre Joaquín era, de repente, el pez.

El día que descubrieron el parecido de Joaquín era el día número cinco de juego. Ya estaba por terminar, agotándose, cuando una mañana de inspiración y de grandes hallazgos le dio un último empujón, llevando al juego un poco más lejos de los que habíamos esperado. Aquella mañana descubrieron la cara de pez de Joaquín.

Por la noche fuimos a una fiesta:
-No es de buen gusto ponerle a los hijos de uno segundo nombre, la voz de la anfitriona que dirigía la conversación hace más de cuarenta minutos se desvanecía en mi cerebro, convirtiéndose en un hipnotizante que me trasladaba directamente a la imagen de una pecera, sucia, con tres peces nadando dentro, de un lado a otro. 

chove chuva

29 de enero de 2012

XXV

Querida x:
La inglesa está loca. No me caben dudas. Me escribe entusiasmada para encontrarnos a cenar. Accedo y me responde que a las seis me viene a buscar al hostal. Me parece bastante temprano, teniendo en cuenta que vamos a tener que estar juntas desde las seis hasta la hora de la cena y no tenemos mucha onda. Sospecho que no le interesa mucho mi presencia, pero que sí necesita la compañía. Por mail me dice que vamos a un centro cultural donde siempre hay cosas buenas, parece segura.
A las seis llega al hostal. Todos la saludan y la conocen: la chica de la historia del novio portugués. Le encanta contarla. A los dos minutos de haberla saludado me doy cuenta de que esto no va a funcionar.
Pide usar una computadora para buscar la dirección; a pesar de lo que decía en el mail, parece que nunca fue hasta este lugar. Es en la loma del tuje. Un segundo después se pone a hablar con unos franceses que están sentados en el living del hostal. Les cuenta la historia del novio portugués, los invita a venir y les da un papel con la dirección, su nombre y su teléfono.
Salimos. No tiene idea de para donde encarar, se prende un porro y empieza a acercarse a grupos de gente a preguntar.
-Se huele mucho, atino a comentar. Estamos en la calle más turística de Lisboa y hay muchos policías. Titular de la noche: Presa en el extranjero.
-It´s ok, me dice la inglesa. No me fio para nada, pero me entrego a lo que me toca.
Puede ser que le guste Ben y esto sea una especie de venganza, un mantener a los enemigos cerca. Igual me voy mañana, solo resta sobrevivir un par de horas.
Logro que nos sentemos en una escalerita a fumar y charlar sobre lo que vamos a hacer. Es temprano pero es de noche. Me sorprendo logrando, sin insistir, que vayamos en busca de Pedro, a ver si quiere unírsenos. La inglesa piensa durante unos segundos y encara en dirección a lo de Pedro. Llegamos:
Dani-¿Estás segura de que sabés donde vive?
Inglesa-Absolutamente (toca un timbre)
Voz de hombre que no es Pedro: ¿Hola?
Inglesa: Hola, ¿esta es la casa de Pedro?
Voz de hombre que no es Pedro: No
(…)
Pedro nos abrió la puerta y Hayley festejó un poco excesivamente mi presencia como una sorpresa para Pedro. Nos habíamos visto una sola vez, con mucha buena onda. Pero el pibe estaba viviendo su vida normal de martes a la noche y le cae una inglesa loca con una piba argentina que levantó en un hostal, las dos fumadas y aburridas: le debe hinchar las pelotas.
Pedro nos invita a pasar y nos cuenta que está esperando a una cita. Van a cenar. Hayley abre la heladera y se sirve jugo. Se saca todo el abrigo y se sienta en la cocina.  Quiero sacarle conversación, entonces le cuento sobre el viejo acosador del hostal. No me escucha ni media palabra y se pone a mirar cosas en la compu. Me contengo; al rato de silencio le sugiero que nos fueramos, que podría ser que estuviéramos interrumpiendo el momento de Pedro.
-Pedro ¿No tenemos que ir?
-No, no, quédense…
Y así durante unas dos o tres horas durante las cuales: Pedro salió a comprar los ingredientes para la cena, peló, cortó, mezcló, saló y cocinó pescado con verduras, lavó todos los platos, puso la mesa para dos y fue dejado plantado. Mientras, nosotras fumabamos, lo mirábamos y comíamos las galletitas que Pedro traía como resultado de mis quejas de hambre hacia Hayley (calculado recurso para lograr sacarla de ahí) quien, en vez de avivarse, le pedía comida al pobre pibe.
Llega Ben, razón número dos por la cual me urge retirarme. No quiero un reencuentro romántico, estas cosas deben hacerse en castellano* (…)
El plantazo fue feo y en algún sentido creo que terminó estando bueno que estuviéramos ahí con él. La historia tenía picos de culebrón y sobraban razones de más para que el invitado faltara a la cita.
Nos vamos. Logré salirme del plan del centro cultural y ahora solo quiero volver al hostal y dormir. Mañana tomo un avión a Barcelona y ya me estoy poniendo nerviosa.
La casa de Pedro queda a tres cuadras peatonales de casa, pero entre tanto pasadizo y callejón, me pierdo. Le preguntó a Hayley por dónde irme y me dice que ella me va a dejar con el taxi, que le queda de paso.
Antes de que pueda objetar, Hayley ya paró un taxi y confunde al taxista tirándole coordenadas inexistentes en un portugués mutante mientras él la mira azorado. Me subo al taxi. Nos empezamos a alejar del hostal: no es que nos estuviera cagando, es que era mucho más largo ir en auto que caminar. El taxímetro marcaba cinco euros y sólo me había alejando aun más de mi destino. Vi que Hayley revisaba su billetera. Dije que reconocía una esquina, que el hostal quedaba a la vuelta. La inglesa no me creyó pero me dejó irme. Le doy cinco euros y me bajo a caminar.
Adiós Hayley, qué curiosa suerte te acompaña.
Adiós x,
Besos.

*http://elseniordeabajo.blogspot.com/2007/12/coger-en-castellano.html, un cuento que me pasó una vez mi genio y amigo diego materyn.

27 de enero de 2012

XXIV

... se vuole diventare un buon critico deve raffinare i suoi gusti, deve coltivarsi, deve imparare a conoscere i vini, i cibi, il mondo. E poi aggiunse: e la letteratura. 
A. Tabucchi,  Sostiene Pereyra





Querida x:
A veces la sensación que tengo es la de querer viajar para siempre. No tanto por lo positivo, sino por lo negativo, es decir, lo que se deja de vivir: el drama cotidiano, los problemas que se vuelven absolutos –cuestiones de vida o muerte-, la repetición, la duda, la agotadora cercanía a todo.
Me acuerdo de que la última vez que estuve mucho tiempo fuera de casa, debí volver presa del simple deseo de tener una planta. Algo que cuidar todos los días y que todos los días sea lo mismo, con la misma forma, quizás un poco más grande o verde que ayer.
Anoche volví al hostal con las compras para preparar mi comida: iba a hacerme una sopa y después un pollo con papas, batatas, zanahoria, cebolla y cuanto encontré en el minialmacen de la vuelta. Era temprano todavía: me elegí un libro de la biblioteca porque no quiero leer los que compré, no me gustan. Hay una antología de cuentos portugueses traducidos al inglés. Me acuesto un rato a leer en la cama, tapada y con la estufa. Esto es lo que me encanta del frio.
Escucho que llegan nuevos huéspedes: un grupo de chicas ¿alemanas?
Cociné, tomé sopa, ví una pelo, leí y tipo una y media de la mañana escuché llegar a las alemanas. Primero unos pasos de taco alto fuertísimos sobre el piso de cerámica, después las risas agudas y un olor a alcohol que llego desde el pasillo a mi cama. Hablan boludeces y fuerte, se ponen a llamar a un tal Tom y a histeriquearle por teléfono. Por momentos las escucho, a sus voces y sus palabras de ese idioma tan plástico y horrible y sus tonos de voz agudos y las boludeces que dicen me empiezan a enojar. Después me doy cuenta de que yo borracha debo ser bastante parecida a ellas. Me abstengo de juzgar.
Duermo y sueño con una amiga que me pide ayuda. Ben me mandó un mail invitándome a cenar en Lisboa (…).
Me despido del dueño del hostal de Evora y me voy. El tipo me había querido convencer de que hiciera una excursión a un lugar que pintaba lindo, pero yo ya estoy cansada y no quiero moverme más: hoy vuelvo a Lisboa y luego Barcelona.
Realizo el trayecto a la perfección. Cuando salgo de la boca del subte encuentro, escrito con azulejos, en una pared de la calle, una frase que dice: ja estou melhor, obrigada. Le saco una foto.
Dejo mis cosas en el hostal y salgo a recorrer, de nuevo, Lisboa. Quiero volver a encontrar el bar donde comí aquel primer plato con brie.
No recuerdo si te conté por qué Portugal. Estaba cursando Literatura Italiana y me tocó leer a Antonio Tabucchi, un italiano absolutamente obsesionado con Portugal, un lugar que hasta entonces no me había despertado la más mínima intriga. Fue terminar de leer  sus libros y no dejar de pensar, desde entonces, en conocer el Alentejo, en pasear por la morería, en escuchar fado por las calles o tomar café en La Bahiana, o pasearme por jardines y cementerios portugueses en busca de escritores fugitivos, mentirosos y con muchos nombres.
Ahora entiendo todo: Lisboa es así. Es el misterio más grande: una ciudad capital silenciosa, lenta, por momentos vacía; un millón de callejones inconexos y laberínticos que harían que el mismísimo Funes no entrara la puerta de su casa; paredes escritas por mensajes a medias, otros mensajes de amor esperando respuestas, declaraciones pasionales; pasillos que conducen a altares callejeros de religiones irreconocibles, eventos interrumpidos: una guirnalda roja que cuelga de una ventana, papá Noel trepando por la pared de un edificio, millones de macetas con plantas en las veredas y los calzones recién lavados secándose al sol al alcance de cualquier peatón. Lisboa es inabordable y a la vez privada, amable y atrapante. Me doy cuenta de que me encanta, de verdad. Entiendo la admiración e incluso la ficción se me ha vuelto más verdadera.
Después, ceno con Ben. Y así sigue la historia.
Hasta mañana.


XXIII

Querida:
Dije en el hostal que prefería dormir en las camas que están sobre el piso (tienen un nombre y es tatami, para futuras referencias). Me cambian a la habitación de las tatamis, la comparto con un italiano que parece alemán y una oriental que no se parece a Yuyu.
Miro alguna peli, me preparo una cena que incluye mi porción obligada de queso brie y me acuesto a dormir habiendo logrado evitar al viejo.
Estoy emocionada porque al día siguiente me voy a Evora, mi primera ciudad en la zona del Alentejo. Decidí ir en micro porque es más barato y tiene más horarios.
Llego a la terminal justo a tiempo para dar una vuelta y subirme al micro. Necesito un libro nuevo y encuentro, cerca, una feria del libro. No sé si lo mencioné: las librerías de Portugal sólo venden porquerías. Busqué y busqué y aún no encontré algo que valiera la pena; lo más cercano a bueno  son compilaciones de fragmentos Pessoa, pero ni siquiera ofrecen un libro entero.
Cerca de la puerta de la “feria” hay un hombre sentado frente a un escritorio que despliega un montón de ejemplares del mismo libro. Supongo que es el autor.
Tras dar un par de vueltas y sin encontrar nada, me acerco a la vendedora y le pido algún libro de autor portugués. Me ofrece tres cosas que no me gustan y elijo uno, mientras miro de reojo al autor y sus libros ¿debería haber comprado el de él? Me ataca la culpa, me acerco y agarro uno: también llevo este. El autor lo firma en la primera hoja: Daniela, linda por simple. Yo tengo mis dudas. Me cobran 14 euros por los dos libros, me arrepiento al instante. Subo al micro, los saco de la bolsa y el del autor se llama Abejas asesinas: un libro cuya gracia consiste en que absolutamente todas las palabras del relato empiezan con a. De ninguna manera voy a leer esto.
El pasado existe y me asusto cuando me doy cuenta de que está demasiado cerca. Me pasa en el micro. Después me quedo dormida.
Llegamos a Evora dos horas después. Intuitivamente me pongo a caminar y encuentro la muralla que rodea la ciudad. Todo tiene un ritmo y el difícil encontrarlo, sentirlo. Cuando no se deben encontrar las cosas, no se encuentran. Será distracción o todavía inmadurez. Durante un buen rato no encuentro el lugar que estoy buscando y cuando lo hago, paso diez minutos esperando a que respondan al timbre. No hay nadie. Encuentro un cartel de hostal por ahí, toco timbre y entro. Subo las escaleras y encuentro a un hombre de unos cincuenta años parado detrás de un mostrador. No hay música.
Me muestra el hostal entero, entra en lujo de detalles: manera correcta de meter la llave por la ranura, espacios fumadores y no fumadores, zonas de más y menos frío, funcionamiento de la electricidad en la cocina. Soy, de nuevo, la única huésped. Al hombre le encanta charlar y yo estoy cansada. Dejo mis cosas y me voy a pasear para evitar la conversación.
La verdad es que estoy emocionada por ver algo de lo que me hablaron mucho: la capilla de los huesos. Me contaron que es una capilla construída, enteramente, con huesos. Calaveras y todo. Y que, colgando del frente, hay dos momias: una de un hombre y una de un bebé. Me dijeron, también, que la capilla fue construída como recordatorio de la futilidad de la vida, o algo así. Yo creo que no hacía falta tanto.
El lugar es escalofríante. Sobre la entrada, tallado, el mensaje: Nos ossos que aquí estamos pelos vosos esperamos. La atmosfera de la habitación es tenebrosa e inspira entre humor y enfurecimiento. Bastante asco, también.
Duré diez minutos adentro y salí para nunca más volver. Fui al parque a caminar un poco y me sorprendió, una vez más, la variedad de arboles, la pureza del aire, el silencio absoluto. Me siento en un puestito que hay por ahí y me como un tostado y una coca. Trazo mi plan maestro: voy a aprovechar la noche de hostal para mi sola (estos hostales chicos son atendidos por sus dueños, que vuelven a sus casas a dormir, dejando a los huéspedes por la noche), me voy a cocinar una rica cena y voy a leer el libro que me compré, el que no tiene todas palabras con a. Termino la coca y me voy en busca del templo romano, supuestamente construido en honor a Diana, la diosa de muchas cosas, entre ellas quizás del amor.
Lo encuentro como lo esperaba: inadvertido, camuflado con falta modestia en medio de la ciudad. Algo así como la magia y el pasado que espera a la vuelta de todo.
Corro al hostal, me invade el sueño y quiero llegar a sacar la foto del atardecer desde la terraza del edificio.
Unos besos. 

26 de enero de 2012

XXII


El sentido del lenguaje,cuya misión parece consistir en manifestar las cosas en
todo momento, cuando en realidad las sustituye por su inteligibilidad, se halla 
precisamente en (…) su esencial poder de impugnación. El lenguaje está unido 
al saber en tanto que le asegura unos puntos fijos, una permanencia, una 
determinación por medio de lo general, o sea, un alto en la búsqueda apasionada
del resultado; pero también está unido al saber desde el momento en que pretende 
hacerlo no-saber, dejarse llevar hacia revueltas, rupturas y malentendidos en una 
eterna confrontación y un eterno derrocamiento del por y del contra, hacia una
 negación de todo principio estable que es, igualmente, negación de sí mismo.
M. Blanchot,  Investigaciones sobre el Lenguaje




Querida x:
Pensaba tomarme la mañana entera para descansar en la habitación que me toco toda para mi sola, pero terminó despertándome el ruido de la puerta que se abre, alguna de las chicas del hostal que decía Esta es la otra habitación y un hombre que decidía quedarse aquí. Abrí los ojos y lo ví: tenía, mínimo, unos sesenta años. Me hice la dormida para evitar el encuentro y tantear la situación más tarde, desde otro lugar que no fuera mi cama.  
Mientras espero a que el señor abandone la habitación, voy reformulando mi viaje, teniendo en cuenta que había decidido abandonar a Coímbra como destino. Al cabo de un rato, sale mi compañero de cuarto. Aprovecho para vestirme rápido y huir del encuentro en la habitación: bajo a desayunar y nos encontramos en la cocina.
-¿Hoy que vas a hacer? , me dice entre dientes, como casi en secreto. El tono me da escalofríos.
-Me encuentro con un amigo, miento.
-No te vayas sin darme tu número
-¿Eh?
-No te vayas sin darme tu tarjeta de negocios.
-(risa nerviosa) ¡Ja! Tarjeta de negocios, yo no tengo tarjeta de negocios.
Escapo de la situación con la mayor torpeza posible. Miento en el hostal de que me voy hoy a la noche y dejo el bolso guardado en recepción. Lo único que quiero es cambiar de habitación.
Hoy voy a tomar el tren a Cascais. Qué haré allá, todavía es incierto. 
El viaje en tren es lindo. Me quedo dormida y de repente me bajan en una estación que no es Cascais. No entiendo bien por qué, debo esperar media hora por otro tren que, finalmente, me deja en mi destino. 
Camino un poco sin rumbo. El pueblo es pintoresco, se lo nota bien preparado para el turismo. Hoy es uno de esos días en que sé que voy a comer como se debe. Cada tanto me agarra ese ataque: si hay algo en lo que debe gastarse el dinero es en buena comida. Entro a un restaurante hindú y me acomodo en una mesa. De entrada: pan crocante con pasta de lentejas, de plato: pollo al curry con arroz. Todo traído en delicados platitos dorados, llenos de grabados. La comida me fascina, no dejo nada en la mesa. Me felicito por la elección y salgo a seguir recorriendo.
Decido bordear el mar y llegar a pie a un lugar llamado “Boca do inferno”. No sé qué encontraré, pero llama mi atención. El mar está limpio y azul, los pescadores se pierden escondidos entre los enormes pedrales y sólo se distinguen por la forma de la fina caña que se recorta sobre el cielo azul. Cada tanto me encuentro con playitas de arena y grupos de gaviotas descansando sobre la costa. Me recuerdan a la bahía de Ushuaia.
Tras media hora de mar, un cartel me indica que he llegado. Esto es: un mar violento, rocas enormes, acantilados, una especie de agujero eterno erosionado por donde entra el agua y sube un sonido de mar, de espuma, gigante, altísimo. Es hipnotizante. Alrededor no hay nadie, sólo un hombre vendiendo caracoles. Tiene ojos azules. Me mira y me empieza a indicar los lugares desde donde me conviene observar la boca del infierno; todos me aterrorizan por altos y vertiginosos, pero poco a poco me voy animando. Mi amigo me indica que baje las escaleras, que abajo es aún mejor; le explico que no, imposible, tengo pánico. Me agarra de la mano y me obliga a bajar con él. Habla portugués cerrado y rápido, no le entiendo nada. Me asusto, reniego, tiemblo, pero en el fondo me dejo llevar. Lo que se ve desde allí escapa a las palabras. Quien pueda, vaya, quien pueda, aún mejor, imagínelo.
Me pregunto cuánta gente habrá muerto acá, en este mar tan azul, tan terrible.
Encarando la vuelta, encuentro una placa incrustada en una roca donde llega a picar el mar. Leo, en portugués, lo siguiente: No puedo vivir sin ti. ¡La otra boca del infierno va a engullirme, aunque no será tan ardiente como la tuya! ¡Hisos! Tu Li Yu.
Abajo explica que estas palabras pertecenen a una carta de Aleister Crowley y se nombra a Fernando Pessoa. No entiendo bien el texto y decido investigar una vez llegada al hostal.
Así fue que descubrí la historia de amistad epistolar entre Fernando Pessoa y el mago Crowley. En 1929, Pessoa, apasionado por la mística y la astrología, mandó una carta a una revista que publicaba las Confesiones de Aleister Crowley (un mago inglés con un poco de fama, pero a quien no conocía personalmente): “Si tienen posibilidad de conectar con Mr. Crowley, como me imagino, tengan la amabilidad de informarle de que su horóscopo sigue inalterado y que si tiene en cuenta que su nacimiento tuvo lugar a las 11h. 16m. 39 s. p.m. del 12 de octubre de 1875, tendrá a Aries II en mitad de su cielo, con su correspondiente ascendente y cúspides. Así pues, podrá encontrar sus direcciones de manera más exacta que como había hecho hasta ahora. Por supuesto que esto es mera especulación, y me disculpo por esta intrusión puramente fantástica en lo que, a fin de cuentas, sólo es una carta comercial. Suyo afectísimo. Fernando Pessoa"
Crowley y Pessoa empezaron a escribirse y quedaron en encontrarse para conocerse en Lisboa.

La historia cuenta lo siguiente: En 1930, Crowley y su novia de entonces, Hanni Larisa Jaeger, de la que andaba locamente enamorado, llegaron a bordo del vapor Alcántara al puerto de Lisboa y tras ser recibidos por el poeta portugués, se alojaron en el Hotel de L'Europe.
Se pasearon por Lisboa y por Cascais, comieron con Fernando Pessoa y lo pasaron bien hasta que una noche, en la habitación del hotel, estalló una violenta discusión entre Crowley y su amiga a raíz de una sesión de magia sexual. Al día siguiente Hanni desapareció sin dejar rastro de su paradero. Crowley, muy preocupado, fue a ver a Pessoa y le contó sus penas.
Afligido, Crowley anduvo vagando por la costa y cuando llegó a la Boca do Inferno, se le ocurrió fingir su suicido para asustar a Hanni. Solicitó para ello la colaboración de Pessoa.

Escribió la nota que copié y la dejó en la playa metida en una botella, cerca de la Boca do Inferno.

Dos días después abandonó Portugal y se marchó a Alemania en busca de su amante. Mientras tanto, Pessoa cumplió con su parte y avisó a la prensa de la misteriosa desaparición de Sr. Aleister Crowley. La noticia corrió como la pólvora, tanto en la prensa local como en el resto de periódicos europeos, desencadenando todo tipo de conjeturas sensacionalistas, que oscilaban entre las versiones de una muerte por asesinato o por suicidio, pasando por la posibilidad de que el mago tuviera un doble.
¡Ay! Lo que es vivir en la literatura.
Me despedí del hombre de ojos azules con un abrazo. Caminé unos metros y volví a pedirle a ver si podía sacarle una foto. Quería retratarle los ojos. No objetó.
Tomo el tren de vuelta con la cabeza llena de magia, misterio y ganas de andar por esos laberintos, voy entendiendo el juego de Portugal.
¿Vos vas entendiendo el mío? Espero.




25 de enero de 2012

XXI

Se ha lanzado la propuesta de realizar una nueva manifestación global, 
el domingo 15 de enero de 2012, bajo el lema “¡Ocupa las calles, 
ocupa los corazones, ocupa el mundo!”


X:
un domingo de mierda es un domingo de mierda en cualquier lado del mundo. y encima en este lado del mundo llueve.
hoy a la mañana, la primera en irse fue laura. ayer se compró ropa nueva entonces decidió dejar atrás lo roto y viejo: un par de zapatos y una cartera de perú. triunfo para su novio metrosexual, ya parece otra.
nos abrazamos y se va. a los cinco minutos, nos encontramos con unas botas que se dejó. le gritamos por la ventana y en el calor de la situación terminamos tirándoselas desde el primer piso, a carcajadas. quedamos la indecisa y yo que armamos nuestros bolsos, desayunamos y partimos a la estación. cada una consigue el pasaje que necesita: ella va para el norte y yo para el sur, a la ciudad universitaria de Coímbra.
nuevamente la soledad. termino de leer simone, me quedo sin libros: más soledad.
tras unas cuatro o cinco horas (ya me pierdo con los cambios de horario entre país y país), llego a coímbra. mi guía vieja no muestra ningún hostal. No hay internet en la terminal. Salgo, mochila al hombro, a caminar en busca de algo. El agua cae torrencialmente, las calles están vacías, la parte linda de la ciudad parece lejana. Estoy cansada, me duelen los hombros e, imprevistamente, empiezo a llorar mientras camino.
Un domingo de mierda es un domingo de mierda en cualquier parte del mundo.
Y encima acá llueve.
Sigo dando vueltas, sé que no voy a llegar a ningún lado, es el absurdo total. Tengo la cabeza apagada y no puedo tomar decisión alguna, así que sigo girando por un buen rato, hasta que la ropa empapada y el peso de la mochila me obligan a volver a la terminal.
Me subo al primer micro que sale para Lisboa, abandonando el plan de recorrer Coímbra. No tengo ganas de buscar nada, solo de que me lleven. El viaje es largo y me da tiempo a pensar qué hacer.
Al lado mío se sienta una mujer con pinta de amable que lee revistas de chimentos. Intento leer por sobre su hombro, no conozco a ningún famoso, pierdo rápido el interés. Decido empezar a releer Simone. Vuelvo a perder el interés rápido: lo tengo demasiado fresco.
A la entrada de Lisboa nos quedamos varados durante horas en un embotellamiento. La mujer amable está impaciente, levanta el cuello y mueve los ojos con velocidad. Parece un pájaro. Se sostiene con las manos nerviosas, las que muestras las venas, del respaldo del asiento anterior para ganar altura y ver con sus propios ojos qué es lo que está sucediendo. Desespera. Lanza bufidos de animal, desespera, masculla cosas buscando mi complicidad. Yo me quedo sentada, simulando apacibilidad. No quiero entrar en conversaciones que me crispen más los nervios; suficiente ha sucedido y es hora de mantener la calma. Ya llegaremos.
Sobrevivimos al embotellamiento. La reacción de la mujer amable fue encender el gps de su celular. Gire a la derecha y gire a la derecha, conduzca derecho durante 450 metros y gire a la izquierda. Y así estiré los límites de la paciencia, recibiendo el entero relato de todos nuestros movimientos hasta llegar a la terminal. Es de noche pero yo ya sé que el metro me lleva hasta el hostal.
La coreografía es perfecta y en menos de una hora llego a la calle de mi antiguo hostal. Llueve también en Lisboa pero el ambiente es más familiar y me da menos ganas de llorar. Antes de entrar decido ir a comer en un restaurant de la calle que desplegó un gazebo en el medio de la calle. Como milanesas de pollo y escucho la lluvia que cae encima de mío. No hay nadie y la calle de adoquines se ve hermosa y hasta mágica, llena de brillos dorados como si fueran de oro.
Pago y entro al hotel, me recibe Tatiana con un abrazo. Me dan la llave y me siento amiga porque ya no me cobran el depósito. Me tranquilizo tras un día terrible dentro de mi cabeza. Escribo un poco, charlo otro poco, miro una peli y me voy a la cama. Como siempre: todo blanco. Voy al baño y un cartel me dice, desde el espejo: algunas cosas no son importantes.
Cierro los ojos con la caricia de ese pensamiento.
La misma que mando hacia vos.
Besos.

XX

Just let me hear some of that rock and roll music 
Any old way you choose it




Queridísima x:
Con las yanquis no pudimos evitar notar que el jipi responde a todo diciendo: rockandrollllll, lento y con voz de arruinado. Ya no podemos evitar reírnos en su casa. lo bueno de que estos dirijan el hostal es la anarquía que ello implica. Se puede comer todo, a cualquier hora, sin rendir cuentas a nadie, usar la compu de otro, fumarse sus cosas, etc etc.
Nos vamos de paseo por la ciudad vieja. Caminamos por ahí, saco fotos. Dicen que es un milagro que no lleva. Vamos de compras y la yanqui indecisa nos tiene un trillón de años en cada local, probándose y dedicándose por completo a la maestría de la indecisión.
Al poco tiempo pido piedad y que nos sentemos, ¡por favor!, a comer algo. Lo hacemos, como mi segundo donner del viaje, me llena el alma de felicidad. Charlamos un poco más sobre la vida y me cuentan que los amigos de estados unidos les preguntan cuándo van a sentar cabeza y conseguirse un trabajo en serio. Salimos del barcito y nos encontramos con las jipis tomando un café: la conversación no duro tres minutos y versó sobre la posible o no lluvia. Seguimos camino: rockandrollll. Vamos a visitar la famosa Catedral de  Santiago. Las catedrales me tienen las bolas llenas e intento no sacarle fotos a las mil trillones instalaciones  católicas que hay por Portugal y España. Sin embargo, adentro encuentro algunas cosas dignas: en la punta de la cúpula, pintado al centro, como mirando hacia abajo, un ojo siniestro; debajo de un altar, un montón de “velas” eléctricas a las cuales se les enciende una bombilla roja metiendo una moneda de un euro por una ranura; un cartel con un número telefónico al que mandar mensajes de texto para donar dinero a la iglesia. Las iglesias no me movilizan y sí me dan algo de terror.
La arquitectura es bastante hermosa, pero se anula con el resto, con el oro, con los muñecos desnudos, las imágenes sangrientas, los asientos para arrodillarse.
Salimos y me gusta ver a los peregrinos que llegan. Vestidos con ropas tecnológicas que parecen de Noruega o Suecia, bastones y zapatillas ultratecnológicas, unos cinco orientales se sacan fotos con la lengua afuera y la catedral de fondo.
Seguimos el paseo hasta que decido desistir por falta de fuerzas. Tengo frio, necesito de una siesta y tengo ganas de escribirte esta carta y de pasar un rato sola.
Llego al hostal y abro mis mails. Recibo malas noticias de Buenos Aires. De nuevo me siento invadida por sentimientos con los que nada quiero saber, con una tristeza nueva e inconfundible por profunda, con un cansancio que no me permite mantenerme despierta y me deja en la cama de la habitación sola y llorando, sintiéndome lejos de todo.
Ruego por que lleguen las yanquis y se toman mucho más tiempo del que esperaba. No terminaban de cruzar la puerta cuando les dije que había estado llorando y que había recibido malas noticias. Se sentaron conmigo y solté abruptamente, como un vomito, tres metros de palabras inconexas, cuentos chinos, túneles sin salida, sonidos insignificantes y gestos inhumanos. Hablaron ellas después por un buen rato, contaron cosas suyas, comparamos situaciones, opinamos y, cada tanto, intentamos hacer reír a las demás soltando un grave rockandrollll.
Se largó a llover y es noche de sábado. Yo había prometido preparar algo casero para comer y nos acomodamos las tres en la cocina para que yo preparara un guiso de fideos. Una de las yanquis puso en su mp3 con parlantes reguetón al mango. Pensé que los jipis nos iban a echar y me sentí un poco mal. La yanqui, sin embargo, se puso a bailar por toda la cocina como loca. Al rato habían entrado varias personas y la aplaudían o le charlaban o bailaban con ella. Había logrado conquistarlos a todos con sus bailes extraños y despreocupados, una genialidad.
El guiso toma su tiempo, terminamos comiendo con vino tinto, queso rallado y queso. Nos comemos la olla entera, salió riquísimo. Seguimos charlando, nos mostramos fotos de los pibes que nos gustan, de nuestros amigos, boludeamos. Termino mostrándoles fotos de Iberá; llega un punto en que creo que ya no les interesa, no importa, yo sigo: y esta es Flori, que cuando se mudó Ceci y se fueron los brasileños al sur, vino a vivir a casa. La historia me la cuento a mí misma, relatándome episodios de un año pasado que aún no logro entender del todo.
Nos quedamos dormidas y descanso sobre un sentimiento de felicidad y cierta angustia de despedirme mañana de las chicas. Armamos un lindo trayecto juntas.
Hasta mañana, entonces.
  

XIX

Estimada:
Ay de mi y de esta manía de hacer las cosas al revés, al contrario o por la curva; hay tanto de atractivo en lo difícil, lo caótico y lo desastroso. No me gusta lo prolijo y a veces duele.
Salimos con las yanquis del templo jipi. Nos ponemos nuestros mejores trapos y a romper la noche. Una de ellas vino en el auto con uno de los profesores del colegio donde trabaja. Le manda un mensaje para encontrarnos a la noche a tomar algo.
Hace un frio que pocas veces sentí en mi vida. Le presté mi campera abrigada a la yanqui que está enferma y me puse un saquito miserable que no abrigaba ni el alma.
La ciudad antigua de Santiago es un laberinto de calles ínfimas donde es imposible ubicarse y llegar a pasar dos veces por el mismo lugar. Cada vez que doblamos, nos encontramos con un grupo de gente nuevo o con una calle vacía o con un perro comiendo de la basura. Los edificios son altos y el frio parece callar todo. Las figuras de personas son negras, con sacos hasta el piso y, por lo general, salen de puertecitas que ocultan grandes y abrigados bares de madera. Nos metemos en uno, hace calor y hay gente. Es normal encontrar a mucha gente para en los bares españoles; normal y un poco molesto. Entrar salir, pedir bebidas, todo es complicado y los contactos se vuelven bastante íntimos.
¿Dije ya que la tristeza se disipa, se mezcla con otras emociones y va cediendo lugar? Hace rato que quiero escribirlo, siempre lo olvido.
En el bar pedimos tres copas de vino y nos sentamos. La pares es irregular, hecha de piedras, y entre los espacios la gente ha ido poniendo monedas chiquitas. Para fortalecer la costumbre, ponemos una cada una. Cuando estamos yéndonos del bar, nos encontramos de casualidad con el amigo de la yanqui. Es enorme y profesor de música. Está con sus amigos y nos quedamos charlando, la novia de uno es argentina. “Argentina”, vive hace veinte años en España ¿cómo conserva ese acento?
Me cuenta de su vida en Zarate y en España. Se la ve contenta y no piensa en volver; no sabe lo llenas que están las calles.
Al rato las yanquis se ponen impacientes porque quieren jarana. No se recuerdo si ya lo mencióné, pero las yanquis son altas bailarinas. Les gusta mucho el regueton y lo bailan como si mañana les fueran a cortar las piernas. Lo disfrutan y bailar con ella se vuelve todo un evento de plena libertad y distensión. A una le interesan especialmente los temas de Shakira; vamos por la calle y le canto “Rrrrabiosa” para que me haga su baile doblando la espalda y la melena para atrás, sacudiendo las caderas y meneando los brazos en el aire. El amigo nos guía por entre los pasillos del laberinto hasta una especie de boliche. Durante el trayecto cruzamos: una pista de patinaje en el medio de una calle, con gente patinando dentro, grupos de españoles intentando dirigirse a nosotras en inglés, un par de borrachos y una gitana. Llegamos y el lugar lleno de gente: las mujeres de pantalón apretado y tan bajo que mostraban la raya del culo, los tacos altísimos y maquillaje de travesti; los tipos engelados, con remeras apretadas que exhiben mensajes (recuerdo uno es especial que me causó cierta impresión: “yes, i still live with mum, so go sleep in your appartment”) y hasta algunos con anteojos. Bailamos un rato; yo me aturdo rápido y aprovecho la instalación a nuestro costado de un grupo de gringos altísimos, viejos, con sacos negros largos hasta el piso que nos miraban al unísono lascivamente para sugerir que nos fuéramos. Funciona.
El camino de vuelta es la mismísima muerte. Siento que me voy a quedar congelada perdida en alguno de estos pasillos.
Llegamos al hostal con vida. Está la puerta secreta del jipi abierta, aquella donde había estado con sus amigos cuando yo llegué. Las yanquis se mandan y yo las sigo: resulta que es una sala compartida para todos, hay calefacción al mango y tres jipis más acompañan a nuestro amigo. Nos miran la ropa, el pelo sin rastas, nos observan el maquillaje. Nos juzgan. A las yanquis les chupa un huevo y se sientan en la ronda, cerca del calefactor. Se ponen todos a charlar. De las otras minas, dos son yanquis que tocan el ukelele y le tienen ganas al jipi principal y la otra es una holandesa llena de rastas rojas, trapos de ropa y cara de culo. Las yanquis le cuentan de la salida al boliche horrible y la holandesa sólo repite: “oh, that´s so negative, that´s so negative”. Nos enteramos de que estos viven acá gratis porque supuestamente atienden el hostel, te preparan el desayuno y limpian. Después se van a viajar a otro lado. Una de las yanquis enemigas agarra su ukelele y empieza a tocar, dándonos la señal de retirada con aquel molesto molesto ruido.
Así que mañana, con más silencio, te seguiré contando.
Por ahora besos y abrazos. 

22 de enero de 2012

XVIII

Querida x:
Empecé a leer Simone, otro libro que me regaló Fede. Cuenta la historia de un hombre, su ciudad y una mujer que lo persigue con señas y literatura.
Hoy a la mañana desayuné en el hostel, le conté la historia del falso asesino a Heléna, nos despedimos y partí. Bajo las escaleras contenta de haberme cruzado con tantos personajes en Braga. Han sido unos días hermosos, de esos que hacen valer la pena un viaje.
Me espera un largo viaje: voy a encontrarme con las yanquis es Santiago de Compostela. Quedamos en encontrarnos en dos lugares: un hostal que elegí yo al tuntún por internet y el Parque Alameda. Al momento de partir, todavía no está bien definido; veremos qué pasa allá. Primero tengo que llegar a Vigo, al sur de Galicia, y de ahí tomar otra cosa.
El paso a España es, por primera vez, raro. Se ve todo más gris, más triste y enojado. Me dan ganas de pegar la vuelta. Estoy en el segundo micro, el que tomé en Vigo, está repleto de adolescentes. Al fondo un grupo de chicas se rie muy fuerte y me irritan, especialmente una. Estoy tres asientos adelante. Un rato más tarde atraviesa el pasillo un hombre desalineado que despide un baho a alcohol por donde pasa. va gritando y su voz es como la de un sabina borracho y moribundo. Se sienta atrás mío, obvio. Lo escucho mascullas algunas cosas, no está contento. Arranca el micro, contengo la respiración: el olor a pis y etilico me descompone. Poco a poco el micro se empieza a llenar de humor y el olor a cigarrillo se vuelve insoportable: espío ppor el borde de la ventana y veo que el borracho está fumando, tranquilo, en su asiento. Pronto se vuelve muy molesto. Repentinamente frena el micro en medio de la autopista y el conductor atraviesa el pasillo enfurecido. Es argentino.
-¡Apaga el pitillo!¡Apaga ya el pitillo! Duérmete y te despierto cuando lleguemos o te bajas aquí.
-lsdakhfwelfweo
-¡Duérmete!
-Tu me gustas, eres una buena persona

Llego a Santiago unas horas después y me sorprendo ¿no era un pueblo? No. Algo que no cesa de sorprenderme de los viajes es cómo uno construye imágenes de lugares que no conoce y cuán rápido se destruyen esas imágenes. Imaginaba que Santiago era chico, de piedra y barro. Es grande y laberíntico.
Por suerte y casualidad, el hostal elegido queda solo a unos metros de la terminal de micros. Llego a la puerta y toco timbre. Me abre un gringo bien bien rubio, alto y con pinta de sucio.
-Hola
-Sorry, I don´t speak spanish.
¿Eh? ¿Me equivoque de país?
Estoy preocupada por el punto de encuentro con las yanquis; le pregunto a mi anfitrión por el Parque Alameda. No tiene idea dónde queda. Empiezo a darme cuenta de que caí en cualquier lado: acá estamos sólo este tipo y yo, y él parece no tener idea de nada. Me pregunta si quiero un candado y se autoresponde: Bah, igual sos la única huésped en el hostal. Pronto comienzo a tener reminiscencias del asesino. Me tienta pedirle que me convide lo que está fumando, pero temo que lleguen las yanquis y recibirlas en un estado tan calamitoso como el del rubio. Entonces le pregunto si hay internet y compu, me presta la suya. Me quedo sentada en la cocina, con la compu de un extraño, mientras él desaparece tras una puerta y lo escucho charlar y cagarse de risa con un grupo de gente que, evidentemente, está de visita. Le mando un mensaje a las yanquis: por dios lleguen, el hostal apesta a jipi. Me atajo, yo elegí el hostal y tengo miedo de que me quieran matar.
Al rato llega la primera. La veo entrar y no lo puedo creer, mitad de la misión ya es un éxito. Está un poco enferma. Zafa del encuentro con el gringo porque yo me encargo de mostrarle todo. Vamos a comer unas tapas y luego nos metemos en la habitación a dormir una siestita. Charlamos de cama a cama. Me empiezo a preocupar porque la tercera no llega. Me burlo porque la imagino por la calle preguntándole en su indecisión a extraños: ¿vos irías al hostel o al parque?
La escuchamos llegar. La escuchamos conversar confusamente con el jipi, nos estamos cagando de risa cuando entra a la habitación. La parte más interesante de la charla fue más o menos así:
Jipi: ¿Y dónde vivís?
Yanqui: En Corcubión
Jipi: No tengo idea dónde es (flaco: ¿qué hacés acá?)
Yanqui: Es un pueblo de pocos habitantes, al norte
Jipi: Ah, sí, sí, ese lugar es hermoso, tan hermoso (¿¿??). Bueno, hasta luego.
Yanqui: Ahm ¿dónde es mi habitación?
Sorprendentemente, las yanquis fueron mucho más benévolas con el hostal que yo. Nuevamente: me estoy poniendo vieja: lo apodo el hippie dumpster.
La nueva yanqui ocupa su cama y nos ponemos al día. Nos cuenta de su vida sexual con su novio español Jaime. Las yanquis son muy explicitas y al rato estamos compartiendo intimidades del tipo: I give some fucking good head. La otra sale con José, un español metrosexual que le pide que tire sus zapatos viejos y su bolso de Perú y compre algo de ropa nueva en España. Ambos novios tienen más de treinta y viven con sus mamás.
Seguimos cagándonos de risa un buen rato: del jipi, de los metrosexuales, del mal sexo y del bus rojo que me hicieron tomar en Oporto. Cada día las quiero más; es lindo sentirse, de nuevo, entre amigas.
Así que a disfrutar de esto y a escribir más mañana.
Besos desde un Santiago que nunca imaginé.